El hombre caído en la derrota. Esa última piña fulminante que lo dejó sin ilusiones. Le había puesto muchas expectativas a la pelea, se había preparado con entusiasmo, calculó cada movimiento, cada salto. Pensó estrategias. Se calzó los mejores guantes, esos de la última pelea ganadora, los que le dieron el mayor premio. Aquel que dio de comer a su familia durante un año y ahora estaba derrotado. Tendido en el suelo con la mirada perdida, las manos en los costados, el cuerpo desplomado, sintiendo la gravedad de la tierra y todo alrededor nublado, el entorno se había convertido en una nube negra. El público se escuchaba lejano, en el rincón al fondo del barullo la familia se preocupaba por el antiguo campeón que ahora yacía inmovilizado. Hubo un instante sin aliento, sin reacción, un momento donde todo parecía haberse detenido, congelado. El publico en esa bruma oscura, el contrincante, todos quietos y en suspenso, esperando alguna reacción del derrotado. Éste tendido en aquel ring, sin ningún movimiento, sumido en un lejano sueño no encontraba conexión con la realidad y no quería encontrarla había perdido su último deseo.
Un guante de boxeo en el suelo, inmóvil. Pasa el tiempo y sigue allí quieto con el interior boca a arriba donde se ven sus cordones de ajuste atados. Pasa el tiempo, el brillo de su material se va opacando y el guante no realiza movimiento.
De un momento a otro sus cordones se desatan, se desenhebran y se alejan anudándose. Forman un rulo y quedan colgados balanceándose en el rincón.
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